jueves 16 de abril de 2009

Otras viandas

Título de la fotografía: Flor entre flores


Título de la fotografía: Muchacho sevillano en primavera


Podría haber titulado esta entrada con el nombre de "Caracoles que ya llueve" o "Cola (que no rabo) de toro", ambas recetas muy indicadas para la estación que vivimos, pero sucede queridos amigos, que con la primavera, no sé qué me ha pasado que se me han quitado las ganas de hablar, o de escribir, que es lo mismo contemplando el tipo de formato (blog) del medio a través el cual me comunico con ustedes. De tal forma, que si a ustedes no les parece mal, me sale del alma estar un tiempo callada, probablemente porque continúa habitando en mí ese gusto por la actividad contemplativa que se inició, como ya les comenté, hace algunas semanas.
Así que para comenzar este ínterim he pensado en dejarles dos fotografías de algunas de las personas queridas que tuvieron el placer de degustar mis ya afamadas tortillitas de bacalao el pasado domingo de resurrección, día en el que fueron disparadas sendas ellas, dos de mis nietos, claro está. Bien, para ser sincera del todo, debo indicarles que uno de ellos, una, sólo las "olió", y comentó que desprendían un aroma exquisito, aunque así y todo, prefirió comerse la consabida ración de pollo asado (con mermelada de fresa, eso sí) comprado en el asador más cercano. Y es que, todos los sabemos, amigos, las flores siempre son muy delicadas, intrínseco a su naturaleza y a su belleza formal lo es.
No sólo de pan vive el hombre, todos lo sabemos también. Por ello he titulado esta entrada de esa manera, con la idea de animarles a alimentarse de otra forma. Por ejemplo, con la compañía de sus seres queridos, o con una buena lectura, o escuchando buenas músicas, aunque también para serles sincera, no es que este último alimento no se lo recomiende con pasión, pues gran melómana me considero, sino que, habida cuenta de que no hay lugar en este mundo donde no te sea obligado oirla, termina una, no harta de ella, pero sí de la falta de silencio que como todos ustedes saben, es a veces la mejor de las músicas, pues nos permite oír cualquier otra, hasta aquéllas que llevamos dentro o llevan dentro las personas que nos importan. Pienso a veces, que esta manía casi psicótica por escuchar música a todas horas, aunuqe sea de la buena, abunda más en hombres que en mujeres, aunuqe estoy segura de que ya saben que yo no soy nada sexista, pero la experiencia me ha enseñado, y por ella he llegado a la conclusión de, que normalmente quien más música necesita oir (una cosa es el gusto y otra la necesidad) es quien más dormidas o poco a la vista tiene sus emociones o sentimientos (esto es normal en plena adolescencia, por ejemplo, donde solemos estar hechos un verdadero lío entre sentimientos, necesidades fisiológicas y demás sucesos naturales de nuestra preclara vida), mientras que aquellas/os que más sinceramente viven con ellas, no sólo no la necesitan, sino que hasta llegan a obviarla lo más posible (estoy segura de que algunas de las cabezas que mantienen los ojos con los que me leen están moviéndose compulsivamente de arriba abajo en este momento, como asintiendo). Tal vez porque la música, reina de las artes, es que la que mejor sabe despertar las emociones en el ser humano, y bastante tenemos ya aquéllas que por suerte las ídem bien despiertas y claras (los ojos bien abiertos, ya saben que recientemente he sido operada de cataratas y por lo tanto veo con los míos que ni dios mismo).
Así que si me lo permiten, les recomiendo la escuchen, pero no por sistema, sino sólo cuando les apetezca. Como cualquier alimento, todo tiene su tiempo y lugar y, ¿se imaginan teniendo que comer todos los días y a todas horas tortillitas de bacalao, pongamos por caso?
Sí, estoy segura de que se lo imaginan.

Así que sin más preámbulos, abro el ínterim de este obstinada necesidad de silencio primaveral, que hasta a mí misma me asombra, aunque no me sol- prende, porque como ya dijo la poeta cuyo nombre no logro recordar

[...]
para probarme,
para profanarme ante una y mi fiel reflejo simétrico, opuesto.
En-diablada-mente opuesto.
Para enfrentarme a la sucinta labor de la silente primavera.

Que ustedes continúen alimentándose muy adecuadamente, amigos, con la inteligencia y el buen gusto con los que siempre han tenido a bien obsequiarme.

Gracias.


martes 31 de marzo de 2009

Tortillitas de bacalao o tortillitas renombradas

Ingredientes:

-1/2 kilo de bacalao salado. No tenemos por qué utilizar los bonitos lomos, pero les recomiendo no opten por el que venden ya desmigado. Aunque sea bastante más barato, al final tendremos que tirar lo que preparemos con él. Pueden elegir una de las presentaciones intermedias y así la relación calidad/precio podrá ser recompuesta por nosotros mismos, Además, resulta un derroche gastarse un dinero en las citadas piezas, los lomos, preciadas por su tamaño y forma, cuando sabemos que posteriormente los vamos a desmenuzar con nuestras manos.
- 1/2 kilo (aproximadamente) de harina de trigo común, la que solemos utilizar para freir, no la fina o más indicada para repostería.
- 1/2 litro de agua tibia (aproximadamente)
- Aceite de girasol, para el proceso de la fritura
- ajo, perejil y un sobrecito de levadura. No recomiendo el uso del bicarbonato como sustitutivo de este último elemento porque contribuye al ennegrecimiento de aquello que friamos.

Ponemos en un cuenco mediano casi toda la harina y le echamos una poquita del agua, como la mitad del total, a la vez que vamos removiendo para facilitar que se deslíe en el líquido, poquito a poco, sin dejar de mover, más agua, a buen ritmo. A continuación echamos el bacalao que ya tendremos desalado y posteriormente desmenuzado, el manojo de perejil ya picado y los ajos también cortaditos. Una pizca de sal apenas. El sobre de levadura. Seguimos moviendo con el tenedor. Aún no hemos terminado de echar toda el agua ni toda la harina. A la vez que movemos vamos sacando el tenedor elevándolo hasta arriba de vez en cuando, observando como se comporta la masa que estamos preparando. En el momento en que, sosteniendo arriba la masa con el tenedor, no caiga un hilo continuo de la misma hasta el mismo cuenco donde la tenemos, o sea, que se "parta" la caida con precisa contundencia, no estará en su punto. Si por casualidad vemos que, habiendo ya terminado de añadir toda la harina y el agua, ese punto no se adquiere, incorporaremos algo más de harina, sin dejar contínuamente, pero lentamente, de envolver con el tenedor. El tiempo que estemos moviéndola es, también, muy importante, pues durante su transcurso, además de conseguir que liguen bien todos los ingredientes, la masa irá adquirirendo un aspecto levemente brillante. El grado de espesor necesario podemos haberlo conseguido en cinco minutos, pero les sugiero sigan moviéndola unos cinco minutitos más, hasta que ante sus ojos aparezca ese matizado brillo del que les hablo.
Una vez que ya observemos que la masa está lista sólo tendremos que taparla y dejarla reposar una media hora, con el fin de dar tiempo a que la levadura actúe. Mientras podemos ir preparando el recipiente, sartén, nunca freidora con rejilla, con el aceite dode las vayamos a freir.
Cuando el aceite esté en su punto (ya saben, sin humear pero bien calentito) y la masa haya reposado esos treinta minutos que les indicaba, podemos empezar a freirlas, de tres en tres por ejemplo, para no volvernos locos con el "estrés". Iremos cogiendo una cucharadita (de las comunes con las que solemos endulzar) de la preparación y depositándola con cuidado en el aceite. En seguida empezará a crecer y a dorarse. Unas vueltecitas para que adquieran un tono uniforme de color y ya estarán listas para extraerlas. Las depositaremos sobre una fuente, cubierta con papel de cocina. Así continuaremos hasta que acabemos con la masa, cuidando siempre de que en la cucharadita que cojamos vaya bacalao.
Calculo que unas treinta pueden obtenerse con la cantidad que les he indicado en los ingredientes.
Resultan una exquisitez, hasta frías al día siguiente, y como pueden observar, no se trata de tortillitas en realidad, sino de buñuelos de bacalao.
Ustedes se habrán extrañado, y con razón , de la forma en que he abierto esta receta, de una forma tan abrupta, tan a bocajarro, cuando en la mayoría les escribo una introducción la gran parte de las veces demasiado extensa hasta para mi propio gusto. Yo les pido disculpas por esa ausencia de ella en esta ocasión, porque bien podrían decirme que ni tanto ni tan calvo, y yo les doy la razón, ya que en el término medio suele aparecer la virtud. Lo que sucede es que me he planteado escribírsela de esta forma porque mi ánimo estaba ya predispuesto bajo la influencia del ¿para qué nos vamos andar con rodeos?. Cuando, y ahora llega la verdadera explicación, una lleva dándole vueltas a la forma de introducir esta receta, pues no sé, ustedes lo pueden comprobar, desde el mismo día en que en la fecha del blog aparece publicada, hasta en realidad el mismo día que es hoy, sábado 4 de abril, que le doy a la casilla "publicar entrada", porque, torpe una, aunque me he devanado los sesos, aún no consigo que la entrada me salte en la fecha real de publicación. Ya hace "entradas" que me di por vencida, porque aparecer sé que aparece, sino que unas veces me salta la susodicha posibilidad de modificar la fecha de entrada y otras no, con lo cual he decidido prescindir de esa oportunidad que me ofrece el programa del blog, porque días más o menos, ¿qué mas da, no amigos?. Esto no es un diario, aunque algunos consideren el hecho de publicar en un blog como una manifestación de ese tipo. Resultaría altamente contradictorio, escribir un diario en público, pues siempre se ha tenido este ejercicio por un acto más que íntimo y sólo apto para los ojos del que escribe. Aunque pudiera ser que el hecho de esta tecnología, Internet, haya puesto en solfa el estado de esa categoría expresiva, lo cual, pensándolo detenidamente, resultaría al menos desde mi punto de vista, más que interesante, y hasta gratificante. Que algo cuestione, tan sólo con su misma presencia, la estandarización y determinación de las cosas, debo confesárselo, es un hecho que particularmente siempre me inquieta alegremente.
Resumiendo, porque si no sé que puedo no acabar nunca, el caso es que llevo varios días redactando esta receta, lo que supone varias horas en días, pero, ¿pensando en esto, el hecho de redactarla, y lanzarla? ¿cuánto tiempo?pues multipliquen las casi veinticuatro horas de las que se compone un día en cuestión por el número de días que van desde la fecha que acoge a la entrada hasta hoy mismo, así que ya pueden calcular. Demasiado, creo yo.
Creo que por un momento, hasta se me repiten las tortillitas de bacalao, y eso que aún no las he comido este año.
Y es que, la semana santa, apreciados lectores de este blog, es mucha semana santa, sea por lo que sea o para quién sea, por activa o por pasiva, para vivirla, verla o irnos a la playa o al campo, o al mismísimo KanKún, para seguir trabajando o simplemente asomarte al balcón. Para desbarrar de ella o para vivirla con pasión. Con fé en un dios, en unas imágenes o con fé en el acto de divertirnos, descansar o sosegarnos. El caso es que hagamos lo que hagamos en una u otra dirección no significará más que lo mismo, es decir, que condicionarnos nos condiciona, ya sea para salir huyendo de"los pasos", ya sea para salir huyendo de una ciudad a otra para ver los "otros pasos", ya sea escaparnos para tener unas vacaciones, ya sea para disfrutarla en toda su amplitud. Ya sea para el término medio que es el por el que opto yo. No me voy. Me quedo en mi casa haciendo lo de todos los días. Eso sí, a partir de media tarde tengo espectáculo garantizado, y es el de ver desde mi terraza balcón a la multitud pasar en busca de las cofradías (dichosas cofradías de dios, todo hay que decirlo). Cuando llegue el viernes santo por la mañana me iré ver la Macarena por la calle Feria, un ratito. Después, el viernes pasa una que veré desde el balcón, el sábado otra, y la última, el domingo de resurrección, que será cuando haga este año las tortillitas de bacalao.
Pero todos ustedes lo saben, en Mayo resultan igual de buenas, y en febrero, no les digo nada... como si quieren realizarlas en vísperas de todos los santos allá por Octubre.
La cuestión es, queridos amigos, y me reitero en la aseveración, que la tal semana santa es demasiada semana santa. Les ofrezco un dato más. Yo, que pensaba incorporarles lo que había escrito en borrador para esta receta durante estos días, me encuentro ahora con que, a pesar de haber tenido exquisito cuidado en ir guardando absolutamente todo lo que iba escribiendo, me falta la mitad. Mi intención era incorporárselo para no desvirtuar el compromiso que con ustedes y conmigo misma contraigo a la hora de redactar este blog, pero los hados no deben hallarse en la compañia de esta entrada, o hasta es posible que se hallen condicionados, también ellos, por la semana santa de dios.
Si de por sí, ya me suponía un conflicto intitular a esta receta, porque como habrán comprobado, no habla de lo que comúnmente se entiende por tortillitas, es decir una preparación culinaria a la que acompaña el huevo, pero que toda la vida de dios yo he nombrado así, tal como mi nunca olvidada suegra hacía, que fue quien me trasladó el misterio de su preparación, imagínense añadido a él el hecho de no haber podido contar lo que con tan denodado afán ya había conseguido escribir sobre el particular, con el objetivo de poder ofrecérselo.
Para tirarse de los pelos, como comúnmente entendemos. Lo que sucedería es que entonces se me desharía el moño que sí pude "guardar" formando parte de uno de esos fragmentos redactados que les he comentado.

Aquí pueden leerlo, en cursiva:

Verán, una, tiene que reconocer que está a punto de sentirse hasta el mismísmo moño, uno como ése que les muestro, aunque sea en su cara oculta, que tan artísticamente sujeta la bonita peineta de carey más la sutil y delicada mantilla de encaje de chantilly (todo herencia de mi suegra) que me adorna,




de la ... no voy a decir palabras gruesas en público, no correspondería a una señora de mi edad, de la RENOMBRADA semana santa. De verdad, amigos, a punto de írseme el último cabello de tanto hartazgo, y eso, que aún no ha empezado, y eso, amigos, que a mí me gusta. He reflexionado mucho sobre ello. ¿Cómo es posible que te llegue a soliviantar la continuada y reiterada aparición de cualquier cosa que más o menos nos guste o con la que nos sintamos identificados? Y sólo se me ocurre que la desmedida de las cosas es la que puede provocar esta especie de rechazo que una misma la llega a violentar consigo misma. Pero ¿de dónde procede esa desmedida de las cosas?. No puede ser nunca del hecho de que cada vez seamos más en el planeta, ni de que cada momento que pasa la comunicación entre unos y otros sea más posible, porque todos, absolutamente todos tenemos exactamente el mismo derecho a expresar nuestro gustos e inquietudes, anhelos y desapegos, opiniones o simples saludos, porque todos, todos los seres humanos somos exactamente iguales (si nos difrenciamos apenas del genoma de una mosca en un escaso 10% ya me dirán en qué nos podemos diferenciar no ya del vecino de al lado, sino del supuesto habitante de unas antípodas geográficas (tal vez menos aún, por aquello del paralelismo geográfico). Pienso, queridos amigos, que la clave está en ese término tan de moda hoy en día, y que en su concepto superficial puede no llamar a ningún perjuicio, como torpemente hasta ahora he contemplado, pero que una vez pensado comprendo bien a qué se refieren cuando se manifiestan algunas personas contra él. La globalización, a simple vista, tiene una vertiente muy positiva, todas la conocemos, es la multiplicación de posibilidad en el hecho intercomunicador humano. Pero claro está, como todo lo que hacemos los seres humanos, puede írsenos de las manos, y es, creo, a lo que se refieren cuando se manifiestan contra él. Se pierden los perfiles, o mejor los matices en todo proceso generalizador, y creo que este es el fondo de la cuestión. Todos conocemos la expresión "la riqueza está en los matices". Algunos usan esta aseveración para sustantivar y justificar un proceso diferenciador, creo que manipulando la expresión. Yo, me quedo con otra interpretación y es la que les expongo, con su permiso. En los matices es donde únicamente podemos encontrar la esencia de las cosas, su sentido, aunque parezca un contrasentido. Si no aparecen matices a la vista, el velo global oculta la esencialidad, pero no como podría suponerse para un observador externo a esa globalidad (¿quién podría serlo?) sino para el propio individuo inmerso en ella, que es quien, también únicamente, es capaz de dar sentido las cosas, acto con el cual posibilita la creación de los mencionados matices . De tal forma que sus actuaciones, sus gustos, apetencias e incluso frustaciones irán careciendo cada vez más del beneficio que otorga la mirada sobre el trasfondo de las cuestiones, con lo cual llega un momento en que ni sabe por qué hace las cosas, sólo se deja llevar por una riada continua, sin ser, lo que resulta gravemente perjudicial para el empeño de la conservación del sentido, consciente de ello mismo. Ésta que le suscribe con este mismo acto es ejemplo de ello mismo. Porque, ¿por qué debo andar valorando el hecho de hablar sobre una receta típica de la semana santa cuando toda la vida de dios la he realizado llegando estos días? Tengo mi propia respuesta, aunque me encantaría me dieran la suya particular, pero claro, para ello tendrían que hacer "suya" la misma pregunta. La mía, respuesta, es que sucede que a base de la repetición compulsiva de un mismo acto (la semana santa en este caso, aludamos a lo que aludamos con esa expresión ( vacaciones, celebraciones culturales y/ o religiosas...), a base de la repetición de ese nombre que favorece el hecho de la cada vez más posible intercomunicación entre todos, la semana santa individual ha terminado por perder concepto. Así que llega el momento en que podemos contemplar las puertas de determinadas iglesias sevillanas abatorradas de... simplemente sevillanos, locos por ver el paso que aún ni está terminado de preparar, dos semanas antes de que empiece la susodicha celebración, como el domingo pasado pude contemplar. Mi pregunta interior en ese momento fue, ¿qué van a dejar para el domingo de ramos?
Si la valoración individual del concepto deja de tener fondo o esencialidad, nos encontramos con las susodichas riadas continuas del "déjome llevar que me encanta" sin saber muy bien qué es lo que me encanta, y sin siquiera realmente poder apreciar si nos encanta o no.
Así que según mi punto de vista no es el factor multiplicador en la información lo que nos hace perder de vista esa riqueza de matices que conceptúa determinada esencia, sino más bien, lo contrario. Es la comodidad, el afán "repantingador" ( ya me disculparán el vocablo que me acabo de inventar) que impregna a nuestras mentes cuando se siente acompañada por las de millones más la que nos hace relegar a un último, y acaso inexistente, plano para nuestro ojos el factor de la esencialidad, creyendo equivocadamente que por mucho "nombrarla" está ya consignada...
De tal forma que los que, de una u otra forma nos sentimos identificados con cualquier u otra manifestación terminamos por aborrecerla o hartarnos de ella, cuando en realidad deberíamos pensar que de lo que nos hartamos es de la contemplación de la tendencia uniformante que la presbicia nos favorece.
Dejan de saber leer.
Y entonces "decido" que no me gusta el libro.
Resulta muy dificil amarrarse a una propiedad que no es de uso exlusivo porque con ello puede llegar la apropiación indebida de la misma por un particular. Pero, ¿qué se puede hacer cuando esa propiedad comunitaria ha dejado de ser realizada o vivida con sentido de lo que es?. Ustedes sé que me entenderan, amigos, cuando les exponga que lo que considero más sensato es abandonarla.
Pero ese abandono resultaría también un abandono de nuestro propio gusto, es decir, una contradicción con nosotros mismos. Por lo que creo, que en última instancia sólo nos queda la posibilidad de renombrarla en nuestro interior, a nuestra forma y en nuestra intimidad, con lo que sin querer conseguimos ir dándole un sentido a lo que ya parecía no tenerlo. Como más o menos hago con la semana santa de Sevilla, antes, con mi marido, yéndonos al campo por estos días, ahora quedándome en mi casa muy a gusto, ya que encima tengo la suerte de poder contemplar algo desde mi balcón. Y eso sí, no me pierdo a la Macarena por la calle Feria por la mañana. Así vuelvo a nombrar una semana santa con mi propia lengua, que creo, si ustedes me permiten la presunción, no ha perdido el concepto que mantiene al signo.

Y resulta, amigos, que ya hoy, como el tipo de letra que incorpore denota, estoy más que de acuerdo con lo dicho por una conocida (por mí) poeta, de la cual no puedo ofrecerles el nombre porque no lo recuerdo ahora mismo (ella sabrá disculparme tan indisculpable olvido, porque como poeta sabrá que los hados y las musas existen, los condicionamientos, las rebeldías, las frustraciones y hasta las mismísimas perseverancias y, cómo no, los olvidos).
Decía, o dice, que aún no ha muerto, creo, lo que le llevó a pensar así:

No quiero nombrar a las cosas
porque entonces la realidad me encuentra,
y soy yo quien necesita hallarla a ella.

Cuestión de egos o voluntades, imagino, pero que hoy y en este mismo instante comparto con toda la vehemencia afirmativa de la que soy posible. Porque como ustedes mismos comprobarán, cuando a una se le pone en el moño hacer algo y contempla cómo todo, absolutamente todo, desde la misma "ella" se le pone en contra, no puede por menos que echarle la culpa a lo primero que tiene a mano siendo como es una cosa, es decir, no una persona con pies y cabeza, sino un fenómeno que para bien o mal, consigue condicionar hasta uno de los más humanos y preclaros ejercicios como es el de NOMBRAR. Es decir, dar carta de naturaleza a lo que se desea, pretende, o simplemente, particularizar, hacer "nuestro", para así poder hacer factible el entendimiento de unos con otros, o de uno consigo mismo, tanto da.

En fin, amigos, yo espero que sepan disculpar esta entrada algo atípica y que logren olvidarse de su riada verbal cuando se aten el delantal para disponerse a preparar mis afamadas tortillitas de bacalao, porque eso sí, a pesar de todos los desvaríos, condicionamientos y demás zarandajas que el propio acto de vivir unos con otros nos produzca, les garantizo que de verdad merece la pena realizarlas.
El bicarbonato que eludimos incorporar al listado de ingredientes, pueden usarlo para aliviar una posible mala digestión de estos mis queridos buñuelos de bacalao, aunque ahora, ya más certeramente, les garantizo que no lo necesitarán.
Son buenas, gustosas, nutritivas y si las hacen como yo les aconsejo, les aseguro que ligeras de digerir. No hay mal que por bien no venga. Hemos desnombrado para prevenir malas digestiones, lo cual creo siempre resulta más conveniente que encarcelar (limitar, determinar) que según algunas mentes es para lo único que sirven las palabras, para luego no encontrarnos con que ni siquiera podemos digerir.

El próximo día, d. m., prepararemos unas buenas albóndigas de carne, porque sinceramente, y eso que no soy muy carnívora, estoy deseando variar de animalito que nos nutra.

Y es que los seres humanos somos voraces, a veces pienso que hasta con nuestras propias entenderas.
Disfrútenlas, queridos amigos, que las comeduras de artes culinarias siempre resultan más satisfactorias que "las otras".
¿O no?

¡Ah!, sí, se me olvidaba. Esta receta, es "mi" receta por excelencia, amigos. Mi especialidad, en la que me consideran "reina".
Para mayor "inri", o tal vez por ello mismo. Cuestión de "cruces", o tal vez de "coronas"...
Que disfruten estos días, sea como sea que los nombren. !Ave, amigos.!


viernes 27 de marzo de 2009

Ali(L)oli

Les confieso que he dudado mucho en la incorporación de esta receta a nuestro blog, pues parto de la base de que nada nuevo podría aportar, ya que por todos es conocida la forma de elaboración de un alioli y los ingredientes de los cuales se compone. Entre esa circunstancia y el hecho de que el ánimo necesario para poder dedicarse una a estos menesteres, la labor de exponer en público, no debe hallarse muy presente en mí en estos últimos días, la ralentización en la publicación de esta receta creo que puede resultar por todos entendible. No, no se confundan, por favor, que es lo último que quisiera provocar en ustedes, confusión. No es que una se halle de capa caída, como coloquialmente solemos expresar, sino que el acto de exponer creo yo que requiere de un atisbo de riesgo, un impulso ciego que a cualquier ser humano le provoca el arranque de exteriorizarse, sea cuales sean las informaciones o emociones que vaya exteriorizar, pues de alguna forma nuestra mente, nuestro espíritu, se cierra al exterior sin saber muy bien por qué, pienso yo que en un acto defensivo reflejo cuya causa a simple vista, y no tan simple, puede hasta no ser encontrada. Simplemente nos cerramos y ya está.

Por eso tal vez admiro tanto a los artistas y creadores en general, porque ellos, aparte de que puedan poseer un impulso interno casi genético para saber romper esa frontera entre el yo y el “los demás” que los hace siempre posibilitados para esa exteriorización necesaria, imagino yo que deben pasar por momentos iguales, y sin embargo, continúan haciéndolo. Tal vez porque “el cuerpo se lo pide”, o tal vez no, tal vez porque consideran ese ejercicio como su propio trabajo o labor como seres humanos, unas veces hipervalorada, el resultado de esa labor, es decir, la obra de arte, pero tengan en cuenta que sólo cuando ésta entra en contacto con el mundo mercantil y, normalmente, a posteriori, pero la mayoría de las veces, estarán ustedes de acuerdo conmigo, infravalorada con respecto a su utilidad socioeconómica, y hasta ¿por qué no reconocerlo? denostada por el común que somos todos. Muy conocida es la expresión ”un pico y una pala les daría yo”, aludiendo con ello a la desconsideración con la que contemplamos su trabajo, como si el hecho de componer, escribir, pintar o cualquier otra actividad relacionada con el mundo expresivo y artístico en general, resultara muy fácil o liviana de realizar. Cuando pienso, y espero contar con su permiso para manifestar mi propia opinión, que el hecho de lograr romper esa frontera, que en ocasiones casi conforma muro de sillares ciclópeos tipo cultura micénica, entre cada ser humano en particular para poder establecer el hecho de la comunicación, y encima, hacerlo creando, debe ser más costoso intelectual, emotiva y hasta físicamente hablando (imagínense desmontar una muralla construida con mampostes de piedra de cuatro por cinco metros cada uno) que cualquier trabajo del mundo.

Pensando en ello, y relacionándolo con nuestra receta de hoy, me he animado a incorporarla a este blog, queridos invitados a esta cocina. Con respecto a la presencia de ánimo, la falta de éste puede que sea debida al hecho primaveral en sí, bien por la alergia que todos padecemos, y desde muy antiguo, bien por la conocida astenia primaveral. Esa especie de cansancio que nos invade yo no sé bien por qué, pero que me da la sensación tiene que ser causada por la impresión tan favorable que produce en el organismo el hecho de contemplar cómo resucita la vida. El acto contemplativo creo que adquiere forma en esta estación, en la que nos sumergimos en una especie de apatía no por depresión o tristeza, sino simplemente por dejarnos impregnar de la alegría con que Démeter recibe la vuelta de su hija Perséfone del mundo del Hades. Ustedes estarán de acuerdo conmigo, amigos, cuando algo nos gusta lo que más nos apetece es repatingarnos cómodamente a contemplarlo y disfrutarlo con nuestros cinco sentidos, ¿a qué sí?... pues creo yo que en esas estamos, en plena astenia primaveral.

Vayamos ya con nuestra receta, si a ustedes les parece bien.

Como todos sabemos el alioli es una preparación culinaria de procedencia levantina, si nos referimos a la península desde la que planteamos, escribimos este blog, la ibérica, claro está. De allí, del Levante, llegó a nuestra familia vía el padre de mi marido, es decir, mi suegro, Salvador Serra, cuyo apellido como ya comprueban es propio de esa zona. No conozco el nombre de la provincia o región (comunidad autónoma) de donde podría provenir su familia, pero sí sé que él podría haber nacido casi en cualquier lugar de España, pues su padre, el “abuelo” Vicente, era el escribiente de una compañía que se dedicaba a construir los puentes que entonces servían para la incipiente red de ferrocarriles, de tal forma que unas veces estaban “allí” y otras “aquí”. En una de esas mi suegro se quedó por la zona de Sevilla, donde conoció a su futura mujer y formaron familia. Así fue como la preparación del alioli se convirtió casi en preparación familiar por excelencia, llegando a formar parte imprescindible no sólo de cuantas celebraciones pudieran concitarse, sino también como exquisitez presente cada vez que, esto tengo que decirlo, a mi marido se le ocurría hacerlo para acompañar a unas buenas gambas o unos ricos langostinos, pues es así como habitualmente ha sido degustado en nuestro hogar.

Debo añadirles que nos dedicaremos a la preparación de esta receta mediante procedimiento manual, es decir, usando la maja , el mortero y un simple tenedor, aunque todos sabemos que se puede realizar con batidora eléctrica. Pero existe una pequeña diferencia en los ingredientes necesarios para una forma u otra, pues como todos sabemos, para realizarlo con el pequeño electrodoméstico será habitual incorporar también la clara de huevo. Sin embargo de la forma manual, se prescinde de ella, con lo cual resulta mucho más difícil su elaboración.

Me sugiere ahora, previendo lo que a continuación vamos a tratar, que esta receta me habla de la capacidad transformadora del hombre, cómo a partir de unos elementos tan simples, y hasta adversos para lo que se pretende (la unión de la yema y el aceite) consigue el ser humano crear algo distinto. Se me asemeja, ahora que lo pienso, el proceso éste al mismo que la capacidad creativa del hombre desarrolla. Recrea la realidad componiendo algo nuevo. Parte de materias primas que en sí poco pueden decir, una yema y un poco de aceite, y mediante su esfuerzo (porque para hacer un alioli hay que esforzarse) consigue transformar la realidad de esos dos simples ingredientes, luchando para ello contra todo tipo de adversidades, desde la misma naturaleza de sus componentes hasta, pienso yo, el propio instinto de cada uno que hace huir de aquello que pone a prueba lo que más nos cuesta controlar, en este caso, amigos míos, la paciencia, Porque debo confesárselo también, a mí jamás se me ocurría disponerme a prepararlo, siempre era mi marido el dispuesto a ello, lo cual pudiera parecer un contrasentido, ya que era, pasó por la vida, con el sambenito de resultar ser la persona más impaciente y nerviosa del mundo, y sin embargo, se le ocurría preparar el nombrado alioli, con la extradosis de paciencia que su elaboración exige. Digo yo, pienso ahora, que tal vez mi marido tenía madera de artista, o mejor dicho, que lo fue, aún en la simple preparación de un compuesto culinario, o tal vez lo realizaba como mero ejercicio de control sobre su renombrada escasa paciencia, pudiera ser. El caso es que tenía el valor para enfrentarse a esa especie de abismo que conforma la predisposición a plantear una batalla con y contra la realidad, no sólo externa, sino también interna. Tal vez por eso aludimos a los artistas como personas que no saben asumir la realidad, idealistas, soñadores, creo que saben a qué me refiero, cuando, pensándolo más detenidamente, es comprobable que no sólo es que sepan transformarla, la realidad, sino que para ello, condición sine qua non, han tenido que partir del conocimiento preciso de la misma, y que tal vez lo que a algunos les lleva a enfrentarse a esa batalla es el hecho de saber vislumbrar que con esa realidad, que de por sí no nos dice nada, o simplemente poco, o tal vez nos resulta desagradable, pero que por sí misma es incuestionable, se pueden hacer otras cosas, es decir, se puede cuestionar, a la vez que con ese acto se logra la simpatía, usando este término en toda su vertiente etimológica, sin- pathos, encuentro de ánimos, sentires etc , es decir, y en definitiva, trazando el puente por el que el entendimiento entre seres humanos puede darse. Distinto es que nos guste el alioli o no, porque a mí, lo reconozco, a veces me echa para atrás el sabor a ajo, depende de c´mo se halle nuestro estómago, pero no me negarán que a otras personas sí les puede gustar, y hasta encantar, con lo cual, guste o no guste, como cualquier obra de arte, el hecho innegable es que se ha compuesto algo completamente distinto a la realidad primigenia, pero eso sí, siempre partiendo de ella, como todo artista hace, pues no hay más ser humano comprometido con su mundo que el artista en sí, ya que sin esa realidad no podría realizar su trabajo… como mi marido no podía realizar el alioli sin la yema del huevo y el aceite… Si no hubiera sido consciente de la realidad de esos ingredientes, no podría disponerse a hacerlo. Sólo es que tal vez iba un poquito más allá y no daba al huevo y al aceite por infusionables, como comúnmente los tenemos, el huevo en la nevera, el aceite en su recipiente, allá como materias imposibles de unirse.

Les pido disculpas por esta disgresión, pero es que la tenía dentro, muy adentro, y siendo así, resulta imposible no exteriorizarla.

Vayamos ya nuestra receta, que como todos saben es muy sencilla. Lo que haré es que de camino les ofreceré algunos trucos para hacerla más viable, y que la supuesta imposibilidad de la unión de esos ingredientes sea más llevadera.

Ingredientes:

- Un par de ajos

- Sal, ad libitum

- Una yema de huevo

- Un cuarto de litro de aceite aproximadamente, de semilla o de oliva, vale cualquiera, según gustos, aunque les sugiero utilicen uno de sabor suave

Primero pelen y partan los ajos y deposítenlos en el mortero junto con la sal. A continuación májenlo todo bien hasta formar una pasta densa. Posteriormente incorporen la yema de huevo, comiencen a mezclarla con el tenedor con la pasta anteriormente citada realizando movimientos giratorios, sin levantar el cubierto del fondo del mortero, suavemente, sin estridencias. Entonces vayan incorporando el aceite muy despacio, al principio casi a gotita, sin dejar de mover el tenedor, pues ésta la única forma de que el alioli no se nos corte, es decir, el aceite y la yema decidan no unirse. No se preocupen que ahora hablaremos de algunos trucos para preveerlo, y también para poder solucionarlo si sucediera, que lo más habitual es que sí, que se corte.

Continúen siempre así, girando para mezclar e incorporando poco apoco el aceite. Así, sin darnos cuenta, iremos agrandando la preparación con la incorporación de más y más aceite.


¿Lo ven en esa fotografía?. Ahí, en su mortero, sujeto éste por las manos de mi nieta Victoria, que al parecer ha nacido con el don para la elaboración de alioli, pues nunca he visto que se le cortara. Manos de artista tiene mi (otra) guapísima nieta.

Cuando ya tenemos esa cantidad aproximada, podemos casi respirar tranquilos, ya es muy difícil que el alioli se corte y así, podemos ya disponernos a echar el aceite más a menudo y en mayor cantidad hasta que por fin terminemos con el que previamente hemos establecido.

Ya estará listo para degustarlo. Dispónganse a ello mediante unas rebanadas de pan y armados de un simple cuchillo de untar, y si les apetece, acompáñenlo de unas gambitas cocidas que habrán pelado para “adornar” la citada rebanada de pan previamente impregnada de nuestro artístico alioli. Entonces denle el bocado al pan para que así puedan comprobar cómo todos los esfuerzos han merecido la pena, y al que se le ocurrió prepararlo y además lo hizo, no podemos más que nombrarlo como artista.

Como ya los tenemos hecho, ahora podemos entretenernos charlando a la vez que lo degustamos rememorando todas las adversidades por las que hemos pasado, sentados por ejemplo al fresco primaveral esperando ver pasar alguna cofradía desde nuestro balcón. Por cierto, y aprovecho ahora para comentárselo, este año me han aguado la fiesta, pues acabo de enterarme de que no pasa por debajo de mi balcón una de las cofradías con las que más disfruto. En realidad sí pasa, pero no a su hora habitual en la que lo viene haciendo desde, vamos, casi desde milenios (soy andaluza, no lo olviden, DEBO ser exagerada), con lo cual no me queda más remedio que conformarme. Así lo han decidido en el consejo de cofradías, dicen que por exigir un camino más directo, pero yo me temo que debe ser por otros motivos, lo que sucede es que no debo enumerarlos a aquí, ya que sería rumorear sobre una persona que aunque sólo sea por la edad que tiene, merece todos mis respetos, y entonces este blog comenzaría a parecerse a una revista de cotilleos o del corazón como ahora las llaman. No debo criticar en esta ocasión al consejo de cofradías de Sevilla, porque al final, han actuado muy sensatamente con respecto a todo aquello del lazo blanco, entendiendo que la semana santa es de todos, creyentes o no, así que por una vez , y sin que sirva de precedente, tienen mi bendición.

Por cierto, que al final creo que sólo han decidido lo del lazo blanco en algún lugar del Norte de España, no estoy muy segura de la información, pero se me viene al hilo de esto que tal vez por ello mismo nos distinguimos lo del sur, que sin querer todo lo hacemos bonito, abierto a todo el mundo, hasta las celebraciones que puedan extraerse de las religiones más fundamentalistas y dogmáticas, y hasta oscuras, del mundo. Convertimos una tortura sobre un hombre en un canto a la vida prescindiendo de imágenes en cruentas agonías, evitando las muestras físicas más dolorosas de aquella pasión, adornando esos altares móviles callejeros con lo más hermoso de la naturaleza que son las flores en primavera, convirtiendo madres dolorosas en bellezas dulces y serenas, muchchas, casi niñas, vestidas con los mejores tejidos y encajes como si simularan con ello flores recién abiertas para, con todo ello, rendir homenaje a una bonanza temporal que a todos nos llena de gozo, de emociones dignas de ser vividas.

Tal vez sea ésa el verdadero ser del sur, transformar, recrear, convertir lo cerrado en abierto, lo oscuro en luminoso, lo divino en humano, lo fundamentalista en ejemplo de tolerancia y amplitud de miras y miradas humanas, logar crear un lugar donde cualquiera tiene cabida usando para ello esa capacidad casi instintiva para el sincretismo de las culturas… y si no, compruébenlo en esta otra fotografía:


Sí, vestidos de moros, como cuando los de por aquí profesábamos la religión musulmana, en origen y hoy en día en algunas tendencias, como una de las menos tolerantes, pues en su fundamentos está la guerra santa, la lucha contra el “infiel”. Sin embargo, por aquí pasó significando a su par uno de los mayores ejemplos históricos de consecución de una cultura tolerante, abierta y por tanto, espléndida. Y es que, creo, que a veces, si no siempre, la evolución de las culturas para su mejor progresión depende un mucho del lugar donde se asienten.

Y no me dirán que no estamos guapos y nos queda bien a mi marido y a mí los trajes en cuestión. ¿Qué porqué se me ha ocurrido enseñársela?, se preguntarán y con toda la razón, ustedes. Pues porque nos veo muy guapos, para qué lo voy a negar, presumida que es una (está tomada durante un viaje a Granada que hicimos los dos, en una moto, concretamente en una Lambretta, yo ya embarazada de mi primera hija), pero también porque se me ocurre que si al nombre de nuestra receta de hoy le interponemos una “L”, queda llamada como ali(l)oli, o sea, Alí, nombre de clara ascendencia árabe, y Loli, o sea yo, la que les habla.

Ali(L)oli.

Y así les termino nuestra recta de hoy, elaborada con ajo (alium, del latín), aceite (óleum, del mismo) más una “ele” entremetida de Libertad, que creo yo es la fé que a todos los seres humanos consigue unir, pues siempre he creído que dejando ser libres es como se logra la consecución de lo mejor de nosotros mismos y así podremos construir una humanidad más digna de ser llamada como tal.

Que ustedes la aprovechen, la receta.

Y no, no se me olvidan esos trucos que les comenté, pero es que son muy poquitos, así que aquí mismo se los enumero.

Fundamental, huevo y aceite deben estar a exactamente a la misma temperatura ambiente. No importa si frío o calor, pues en la fotografía en la que aparecían las manos de mi nieta Victoria pueden comprobar que el alioli se estaba realizando en temporada invernal, y además al aire libre, en medio del campo, para ser más exactos. No importa en qué estación del año lo realicemos. Lo único importante será estar pendientes de ese minúsculo detalle, igualdad de temperaturas. Así no surgirán los conflictos, pues ninguno se de los ingredientes se sentirá distinto ni zaherido por el otro, con lo cual, muy gustosamente y mediante nuestro arte, lograrán unirse, convocando con ello a la paz y por tanto al agradable disfrute de todo lo bueno de lo que somos capaces de realizar los seres humanos.

Y espero que no se hayan reído mucho al vernos vestidos de moros granadinos. O sí, que eso resulta muy agradable también, hacer reír. Pero no se preocupen, que ya la próxima vez nos verán vestidos de “cristianos sevillanos” con sus mejores galas, que aquí, como ya saben, en este sur, de todo siempre debe haber, como dios manda.

Y si se les corta, el alioli, no se preocupen, ustedes me preguntan y yo muy gustosa les responderé diciéndoles cómo deben volver a unir los ingredientes.

Un saludo, y ahora sí, que lo disfruten de verdad.


martes 17 de marzo de 2009

Sangre encebollada

Amigos míos, en cuanto mi hija, la que se encarga de las fotos, se ha enterado de que en la receta de hoy iba a nombrar a la sangre, le ha faltado tiempo para enviarme ésta que les enseño, empeñada en que se las muestre, y yo hago lo que me sugiere, porque como todos ustedes saben, llega un momento en la vida en la que somos los padres los que debemos hacer caso de lo que nos digan nuestros hijos.


Ahí me ven, ya bien cumplidos los cuarenta, ejerciendo mis labores de enfermera en el laboratorio del, en ese momento casi recién inaugurado, Hospital Infantil de la Ciudad Sanitaria Virgen del Rocío de Sevilla.
Antes, como todos saben ya, había pasado por mi servicio en la unidad de prematuros, como pueden comprobar en ésta.


Previamente había estado dedicada a la crianza y educación de mis tres primeros retoños, pero en años anteriores, antes de que me casara, anduve por el Laboratorio de Química de lo que entonces se conocía como Hospital de García Morato (que fue el núcleo primigenio de la actual ciudad Sanitaria. Ahí pueden comprobarlo.


Con mi fiel compañero, el microscopio, que nos ayuda a poder ver las cositas pequeñas, que no por menor tamaño son menos importantes, sino tal vez todo lo contrario. Cinco años permanecí allí.
Y en esta otra,


en la que como pueden comprobar aparezco siendo muy jovencita, diecinueve años recién cumplidos, 2 de febrero de 1954, no se me olvida, la fecha en que nevó en Sevilla, junto a algunas compañeras y compañeros. Acababa de empezar mi andadura profesional, por eso, a diferencia de las otras , aún no voy vestida con la bonita y abrigada capa que formaba parte del uniforme (aún no me lo habían dado, yo soy la que se ve vestida de blanco).
Esta fotografía se sitúa delante de lo que entonces se conocía como hospital General de Sevilla, antiguo Hospital de la sangre (un edificio del siglo XVI, construido en época de los RRCC), y actualmente sede del Parlamento andaluz. Trabajábamos en el servicio de tranfusiones que se hallaba localizado en la la entrada del citado edificio. Por entonces, queridos amigos, no existía el grado de concienzación y solidaridad social que habita hoy en día, de tal forma que para lograr contar con la necesaria sangre en los hospitales se acudía casi a cualquier tipo de artimaña más o menos inocente. Las enfermeras íbamos muy atractivamente uniformadas, con zapatos de tacones altos y punta fina, delantales blancos muy bien almidonados, un corpiño gris que nos remarcaba la siueta y, en vez de cofia o gorrito, una bonita redecilla estilo goyesca para sujetarnos el cabello, lo cual, claro, redundaba en favorecer la presencia de espontáneos donantes de sangre, a los que además se les pagaba con la nada desconsiderable cantidad de 250 pesetas de aquellos tiempos, más un bocadillo. Por otro lado, cuando un paciente era ingresado por cualquier circunstancia, se aprovechaba para pedir a los parientes del mismo una donación con la excusa (verdadera o no) de que su familiar necesitaba sangre. Hasta aquí todo más o menos normal teniendo en cuenta que era primordial contar con el rojo bien en los hospitales y que por tanto , una mentirijilla que contribuyera al abastecimiento de las reservas, podía ser pasada por alto dada la falta de concienciación de la sociedad de entonces.
Pues bien, como les iba contando duré sólo dos años en aquel servicio de transfusiones, porque pedí el traslado cuando pude observar la cantidad de tropelías debidas a la falta de ética de algunos profedionales responsables del servicio en cuestión, las cuales me llegaron a producir verdadero asco. Por aquel entonces no se trabajaba aún con el factor Rh en la clasificación de las sangres, sólo hablábamos de sangres "buenas" o sangres "malas". El caso es, y créanme que es completamente cierto, que con esos remanentes de sangre depositada, determinados responsables hacían lo que querían para beneficiar a su economía particular. Apartaban lo que conocíamos como sangre buena para sus pacientes privados. Cobraban por cada tranfusión que fuera necesaria hacer hasta mil pesetas, iban al domicilio en concreto y allá realizaban la transfusión con la ayuda, claro, porque ellos no "pinchaban", de una enfermera, a la que pagaban cincuenta pesetas (yo sólo fui una vez, siempre intentaba eludir ese "trabajo") y que como eran sus subordinadas no podían hacer más que obedecer, de tal forma que el depósito del hospital, que por entonces pertenecía a la diputación sevillana, estaba mayormente compuesto sólo por lo conocido como sangre mala, con lo cual, los pacientes que acudían al mismo, es decir, los pacientes con menos o ningún recurso económico, la mayoría de las veces no podían ser transfundidos en condiciones o con garantías de éxito.
Anoten la barbaridad.
Me fui, no podía soportar aquello.
Les cuento todo esto sólo para ilustrarles el hecho que no todo tiempo pasado fue mejor. A veces hay que recordar momentos desgradables para así poder observar como hemos progresado, en todos los niveles, porque si bien la corrupción, siempre anclada al servicio de la búsqueda personal de beneficios, es una negativa cualidad que exorna la vertiente social del ser humano independientemente de los momentos históricos que se vivan, al menos hoy puede ser conocida, y aún más, denunciada, con lo cual, puede ser poco a poco erradicada como práctica habitual. Podemos hacer algo. Pero ya ven que por aquellos tiempos, además de una gran falta de ética observable en algunos profesionales (no hablaré de falta de ética en los organismos públicos, los organismos públicos son sólo cosas. La ética que ellos presenten sólo será aquella que porten los seres humanos que de él dependan o en ellos trabajen) existía un bajo grado de conciencia social y solidaria, connevida, claro está, por el régimen, franquista, que soportábamos.
Este país ha cambiado (y el mundo en general) y para bien, aunque muchos intenten todavía convencer al resto de todo lo contrario. Aunque sí es verdad, aún queda mucho por hacer.

Así que dispongámonos a realizar nuestra receta de hoy, que como es sangre acompañada de cebolla, y ésta endulza y suaviza, digo yo que tal vez ayudemos hacer buenas las malas sangres que algunos seres humanos llevan dentro, ¿no les parece?. Pues ahí vamos.

Ingredientes:

- 1 kg de sangre de pollo, de la que ya venden cuajada en cualquier establecimiento, fresca. No se les ocurra nunca congelarla porque pierde todo su sutil y fino tacto al paladar y se convierte en una sustancia harinosa y grumosa. No es que nos vayamos a morir al comerla, todos sabemos que lo que no mata, engorda. Pero no resulta agradable, simplemente porque no es lo suyo ni, por tanto, lo que esperaríamos de ella.
- 1 kg de patatas, crudas, normales, de las que sirven lo mismo para freir que para cocer.
- 1 kg de cebollas, de las de piel blanca o piel anaranjada, cualquiera.

Podemos empezar por donde queramos, pero les aconsejo el siguiente orden. Pelen y partan las patatas en rodajitas más o menos finitas (como de medio centímetro de grosor) y déjenlas en remojo este ratito.
Después pelen y partan las cebollas al hilo del gajo, también como de medio en medio centímetro. Yo es que no uso la tabla de cortar, amigos, lo corto todo en las manos. Sí, así es, tal como imaginan, que algún que otro corte me he hecho de vez en cuando, pero muy leve, y es que no es mi forma usar tantas tablas y cuchillos, aunque comprendo que esas disposiciones se hallen más en los caballeros, no sé bien por qué, si porque les gusta ensuciar cacharros pudiéndoselo ahorrar, o porque de verdad como dicen, habita en ellos más asentadamente que en las mujeres el arte de la cocina. Pudiera ser que en las mujeres habitara menos el arte, o la profesión, porque se han dedicado hasta ahora y desde tiempo inmemorial a dar de comer sin cobrar por ello a cambio más que el beneficio de ver en la salud y crecimiento de los suyos, ¿no creen?... pudiera ser.
Sigamos. Preparen una sartén con un par de dedos de aceite (girasol u oliva, es opcional). En él freiremos la cebollas ya cortadas, a ritmo normal, es decir, con fuego altito y moviéndolas de vez en cuando para que se doren todas por igual.
A la vez podemos ir friendo las patatas en una freidora, bien eléctrica, bien de modelo para el fuego. Las habremos sazonado un poco previamente. Al igual que con las cebollas procuraremos que se frían bien. No se trata de "cocerlas" en el aceite, o como ahora dicen, "confitar". No, nosotros freiremos. Así, entre otras cosas, evitaremos que el ingrediente resultante se convierta en un trozo de lo que sea que hagamos más dos litros de aceite del que se ha empapado mediante el proceso de confitar. En este caso, al menos, ni nos interesa, ni nos aporta nada que no vayamos a obtener después, es decir, el reblandecimiento externo de la patata frita.

Mientras estos ingredientes se van friendo podemos ir cortando la sangre en taquitos, de un centímetro y medio aproximadamente (para esto sí uso la tabla). Les añadiremos a las porciones un poquito de sal gorda por encima y cuando hayamos acabado de freir la cebolla iremos echando los trocitos de sangre, poquito a poco, puñado a puñado. Se frien enseguida, unos minutitos para que varíen de color (se tornan a más oscuro) y los iremos extrayendo y depositando en un plato cubierto con papel de cocina.
Una vez tenemos ya todos los ingredientes pasados por el aceite, los combinaremos en un recipiente a ser posible de material antiadherente, primero las cebollas, después las patatas y después la sangre, pondremos al fuego bajito y removeremos unos minutitos, el tiempo para qu todo se mezcle bien ayudadas por una cuchara de madera, sin miedo a que la patata se rompa, pero tampoco haciendo nada porque se deshaga. Simplemente con el ligero movimiento que le daremos ayudados por nuestra cuchara de palo, todos los ingredientes se mezclarán entre sí y de esta forma lograremos un riquísimo y suatancioso plato muy típico por otro lado de la cocina sevillana.
Como ven resulta muy sencillo de elaborar, ya lo tienen listo para servir. Sólo deben tenr la precaución de salr moderdamente la sangre y las patatas antes de freirlas, pues como han visto, luego las juntamos.
Resulta curioso comprobar cómo ilustra el conocimiento popular al que se refiere, ahora que recuerdo, un conocido chiste , aquél que alude a que la cebolla es buena para la circulación, ... de la sangre.
Me pide mi hija que acompañe el final de la receta de hoy con esta fotografía



y que yo aprovecho para decirles que sabiendo mirar, hasta en las piedras se puede encontrar buena sangre (la fotografía se titula "La sangre de las piedras"), roja, azul y del color que deseemos. Y yo bien que la disfruto ahora, porque aunque siempre me he vanagloriado de poseer vista de lince (aunque no sea ese animal), acabo de operarme de cataratas. Les confieso que yo no notaba nada "antes de", veía como siempre, cosía, leía, etc, con mis gafas para presbicia y ya está. Pero es que desde que me han operado, ¡válgame dios! ¡qué milagro cromático me estaba perdiendo!. Se me asemeja ahora cualquier cosa que veo a un esmalte de bellísimos y saturados colores. La vista, amigos míos, es un maravilloso don, siempre que percibamos que estamos viendo, claro, como siempre y como todo en la vida. Sino es tanto, pero peor, como estar ciegos, porque encima, además de no poder ver, estamos siendo insensibles con nosotros mismos y nuestros semejantes.
Ahora con mi vista "nueva" me siento como esa Loli que les enseño abajo, abriéndole las puertas a la luz.
Que ustedes la disfruten, amigos, nuestra buena sangre encebollada, a la que hemos ayudado a ser mejor con nuestro arte en la cocina, y la luz, y sobre todo sepan qué hacer con ella si tienen el don de poderla percibir, con microscopio o sin ellos ...



viernes 13 de marzo de 2009

Cazón en adobo. Azul.

Pensándolo mejor, una vez escrito el título de la receta con la que hoy nos vamos a entretener (entre-tener, ni tener ni no tener, a lo mejor "sólo" ser... ¿o no ser?.., en fin, esta duda ya fue planteada por Shakespeare a través de su Hamlet, así que no vamos a hacer segundas de una primera sin parangón, ¿no les parece? digo yo que cuando alguien recorre los siglos sin envejecer, por algo debe ... SER). Sigamos con nuestra receta, o mejor con nuestra introducción a ella.
Como les decía, vamos a hablar de cómo se hace un adobo, sí, pero no con el cazón, sino con nuestros amigos los boquerones, porque hasta ahora sólo los hemos nombrado en la entrada titulada "Anchoas rebozadas" y, aunque sólo sea por el aroma con el que bautizan (es que es tan denso su olor que el aire parece adquirir más consistencia) a una calle muy conocida de Sevilla (Tetúán, para más señas) a través de su fritura en un popular...¿bar?, taberna venida a moderna de los 70, en todo caso, minúsculo establecimiento de bebidas y tapas, cuando los pasan por el aceite hirviendo en su respectiva cocina, pienso yo que merecen un lugar en este blog.
¿Han paseado alguna vez por allí, calle Tetuán, a partir de las ...digamos las 12 de la mañana y /u ocho de la tarde?. Nuestras papilas gustativas se ponen en guardia, más que en guardia, creo que hasta desfilan, mejor dicho, se amotinan, ¡zafarrancho de combate!, al mismo se disponen. Es la tortura más gustosa a la que uno puede enfrentarse. Culmen de cualquier científico experimento sobre el deseo humano y la necesidad de ser satisfecho. Primigenio. Primitivo, horadado en las mil batallas que los lugartenientes disponen a espaldas de sus generales. Claudicamos, resulta imposible el silencio. Tenemos que abrir la boca (tal vez por eso mismo al boquerón lo nombramos así, "Boquerón") a la vez que nuestras piernas parecen dirigidas por algo ajeno a nuestro cerebro para disponerse a torcer a la derecha y enseguida entrar en el susodicho establecimiento, para calmar nuestro deseo.
Después, tras su degustación, no es que resulten incomestibles, nuestros boquerones en adobo, están muy ricos, pero una siempre ha pensado al comerlos que "los míos están mejor, al menos sé cuando compré los boquerones...". Es este dato, amigos míos, el quid de nuestra receta de hoy. No, no la fecha de la compra, sino el tiempo, el tiempo por el que la sabiduría en este mundo logró inventar el adobo. Ese aliño con el que conseguimos que un pescado azul, culto de los colesterianos, además de muy gustoso y sabroso, logre conservarse más allá de lo manifiestamente estimable (para mí, un día como mucho a partir de cuando lo hayamos comprado).
El cazón es pescado azul (pueden leer la entrada titulada cazón con tomate, ahí se les ofrece más amplia información sobre el mismo), los boquerones lo son, aunque exista una variedad llamada "blancos". Todos son azules, como la sardina, que aún recuerdo cómo sobre 1974 le prohibió el médico a mi suegro la injesta de tan riquísimo manjar, la sardina, con lo que le gustaba, por una ligera alza en el colesterol con 74 años que tenía. Así murió el pobre, condenado a no poder comérselas. Entonces se sabía del rico aporte en grasa del pescado azul, pero claro está, aún no se había llegado los límites sin confín de conocimiento actuales sobre las mismas, de tal forma, que lo que hoy en día resulta beneficioso para nuestro orgnismo hace algunas décadas no lo era. Con lo cual, me pregunto yo con qué tipo de barbaridades estaremos sujetando ahora a nuestro cuerpos que, pobres ellos duran menos que lo que la ciencia tarda en avanzar, y ya saben que ésta es que avanza que es una barbaridad. Lo que dudo es que nuestros estómagos (vulgo, cerebro) evolucione a su par. Con lo cual así nos contemplamos, hechos un manifiesto lío, aunque algunos necesiten amarrarse etiquetas (liarse aún más) para poder navegar, que pienso yo es lo mismo casi que pretender que nuestro barco avance con el ancla echada.
Y si no, que se lo digan a la bendita y feliz madre sevillana que ha conseguido sanar a su hijo mayor a través de las células del cordón umbilical de su hermano, su otro hijo, seleccionado genéticamente con ese fin libre de la enfermedad. Pienso yo que todos los obispos y sacerdotes, todos aquellos, normalmente varones, que tan libremente han condenado el hecho, deberían parir, y aún más poder engendrar. Entonces seguro que otro kikiriki les saldría de sus bocazas, o picos pardos. Si dios nos da la inteligencia para un bien, ¿quiénes somos para no usarla? Sí, ya , lo que condenan es el hecho de haber "matado" (no puedo sustraerme a ponerlo entre comillas) al resto de los embriones metidos en tubos de ensayo o vitrales en forma de varias células apelotonadas configurando, dicen ellos, un ser humano. Deberían leer más la Biblia y el Evangelio. Tal vez así descubririrían que según su santo libro todo ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de dios, que es libre por naturaleza y tiene la capacidad de amar y hasta de odiar, y ya me dirán ustedes qué capacidad de odio y amor tienen las mórulas. El ser humano no es ser humano hasta que tiene conciencia de sí mismo (es lo que nos distingue de otras especies) y ésta, me parece a mí, claramente , que sólo la adquirimos cuando empezamos a poder contactar con el resto de nuestros semejantes. Tal vez ya en la barriguita de la madre, el hijo va sintiendo que hay alguien más, pero será tan leve ese proceso, tan sutil, tan evanescentemente presentido que, al menos por ahora, no hay quién (con capacidad oara legislar o moralizar) determine en qué justo momento sucede así, y creo yo, según mi experiencia como "engendradora" que variará mucho de un embrión a otro, de madre a otra y hasta siendo la misma, de un estado de la vida a otro.
Tal vez por esos mismo argumentos que esgrimen, el género femenino ha sido condenado según esas creencias, porque cada vez que menstruamos, en realidad y según ellos, estamos matando un posible ser humano, por "no habernos dejado" concebir un hijo en el preciso momento de la ovulación. Yo les digo, ¡que venga dios y lo vea!, las manos a la cabeza se llevaría, y tal vez hasta los expulsaría del templo, por comerciar, filosofía, o mejor teología, con necesidades de caridad (amor) para con uno mismo y los demás, nuestro seres queridos, y no hay mayor ser querido que un hijo enfermo y otro nuevo que llega y con el añadido de sanador.
Lo peor de todo no son su palabras y opiniones, sino el hecho de que siguen teniendo peso en algunos espíritus.
En mis años de trabajo como enfermera, y un par de años como supervisora, en el Hospital infantil del Virgen del Rocío de Sevilla, concretamente en la sección de prematuros, donde estuve algun tiempo, he contemplado muchas veces el supremo dolor tanto en inocentes criaturas ( y no tan criaturas, porque no se sabía ni lo qué eran, exactamente dicho así, sin exageraciones) como en sus propios padres, y créanme, allí no estaba dios, por mucho que llegase Jesucristo a decírmelo. Allí sólo había errores de la Naturaleza, que por muy sabia que sea, también se equivoca, tal vez por ello mismo. Y que yo sepa el hombre también es ser natural, sino con el añadido de la inteligencia. Y si, tal como ellos dicen, la inteligencia nos la dio dios, pues digo yo que para algo sería, y sería pecado no usarla cuando de su utilización puede llegar el bien y la corrección de los errores.
Ustedes me disculparán pero una se solivianta con estos temas. Aunuqe debería estar acostumbrada. Recuerdo como en una de las comuniones de una de mis hijas, habituada por la enseñanza recibida, fui a confesarme para poder comulgar en la misa de la ceremonia en cuestión. Por aquel tiempo estaba tomando píldoras anticonceptivas, recetadas por el médico (en tiempos de Franco, ya me contarán, ya comprobarán la "osadía") porque mis piernas padecían de varices, gravemente, debido a los sucesivos embarazos. En defintiva, el médico me prohibió volver a quedrame embarazada porque mi vida podía correr peligro (trombosis, etc). Total que cuando fui al confesionario, se lo expliqué al sacerdote, y ¿cual fue su respuesta?, que él no podía absolverme de tan horrendo pecado (y eso que representan a un dios que es todo capacidad de perdón). Fue tal el desengaño que desde entoces dejé de creer en ellos, pero no en mi dios, eso, por supuesto. Así que ni corta ni perezosa comulgué en la citada ceremonia, porque yo sabía que mi alma estaba bien limpia para que dios pudiese entrar, y más muchísimo más, estoy segura, que la conciencia de aquel cura que no me quiso confesar.
Y sí, después uve otro hijo, el varón, pero como ya la medicina había avnazado, me había operado de las varices, con lo cual, el riesgo era ya mucho menor.
En fin, yo creo que debmos sr caritativos, y comprender, que por mucha sabiduría que acumulen, están hechos un verdadero lío, entre sus conveniencias, los intereses de la presencia del ser humano que ha ido minando su propia Iglesia y las sencillas creencias de las cuales parte toda su religión, Así que paciencia y que intenten aprender, de su semejantes, en los que según sus propias palabras, habita dios.

Sigamos con nuestra receta.

Como íbamos comentando el adobo es un tipo de maceración al que se somete, normalmente a un pescado azul. Tiene la bendita propiedad de ayudar a conservarlo, por la presencia de un ácido como el vinagre) además de que su sabor combina exageradamente bien con los sabores que los pescados azules suelen destilar. Vayamos por partes, no es que el pescado azul necesite ningún saborizante más, como en algún lugar he llegado leer aludiendo a que la carne del cazón, por ejemplo, resulta sosa, sino que simplemente hacemos arte con una buena materia prima. Como cuando se talla en caoba en vez de en madera de pino de Flandes, por ejemplo.
Además, el adobo constituye ejemplo de que no somos mejores ni mas inteligentes (¿o sí?, tal vez más listos) que nuestros antepasados, en todo caso más comodones, a lo cual también tenemos derecho, porque según referencias de mi hijo Carlos, el adobo no es más que la sutil ( y acomodada, añado yo) evolución del archiconocido garum romano. Piquen aquí, por favor, les garantizo que es de lo mejorcito que he leído sobre el particular, además de que así no tengo yo que extenderme en hablar sobre él.
Hoy en día hemos aligerado el proceso, tal vez perdiendoun tipo de comida o prepración, pero por otro lado conservando lo más útil y agradable del proceso en cuestión, ya que contamos con multitud de métodos de conservación más evolucionados. hay sabiduría en todo ello. No es que seamos mejores, es sólo que seguimos andando, lo cual creo yo es muy meritorio y consecuente cmo seres humanos que somos, ¿no lo creen?.
Paso ya arelatarles los ingredientes que necesitamos para nuestra, sencilla, siempre sencilla, preparación.

Ingredientes:

- Orégano, pimentón dulce, un par de ajos, vinagre, agua y sal.
Y nada más. El pescado, sí, no se me olvidaba, lo dejo a su elección. Si cazón, córtenlo en taquitos. Si boquerones, procuren que sean de los más azules, límpienlos de las espinas como indicaba en la receta "anchoas rebozadas". Y, les voy a ofrecer una posibilidad más, el pescado conocido por aquí como "Chova" que no es más ni menos que un pescado parecido a la palometa, la melva o el bonito, de semejante tamaño (sobre un kilito corto), y cuya preparación resulta especialmente típica de eso establecimientos de Bajoguía en Sanlúcar de Barrameda que en otra entradas les mencioné. Como se trata de un pescado de tamaño más grande que los boquerones, pero mucho más pequeño que el cazón, deben comprarlos enteros. Lo cortan en rodajas eliminando la cabeza si lo desean, y lo enjuagan bien, pues es muy azul y debemos procurar eliminar la abundante sangre que su carne destila.
A continuación, una vez las distintas posibilidades de pescado preparado, habiendo elegido la que deseemos, deposítenlo en cualquier fiambrera . No los llamo "tupper", los "taper" que por otros lugares llaman a las comunes fiambreras sólo aluden a una marca, concretamente, "tupper ware", que sí, fueron los primeros recipientes de este tipo (herméticos, de plástico, con tapadera) que entraron en el mercado español allá por la década de los 70 vía el Corte inglés y la venta casa por casa. Pero hoy en día, que tan fácil resulta encontrar recipientes de este tipo en casi cualquier comercio, y con las buenas industrias españolas que existen dedicadas al respecto, me parece inútil gastarse un dineral en esa marca en cuestión, que es posible que ofrezca más garantías de perdurabilidad (no estoy muy segura ya), pero como a mí en cuestiones intrancesdentes, lo que me gusta es variar, pues elijo la otra posibilidad. Además de que suelen presentar unos colores realmente preciosos, los nuestros, con lo cual nuestras neveras quedan más vistosas y bonitas, además de llenitas, les luce más el esfuerzo que realizamos por tenerlas bien "alimentadas". En todo caso, quería decirlo. "Tapers", como algunos llaman a las fiambreras en cuestión, sólo alude a una marca, así que lo que están haciendo es propaganda gratuita al usar ese nominativo, opino que ignorantemente pensando, o mejor, hablando.

Una vez tengamos el pescado en el citado recipiente de plástico, vayámonos a coger la maja y el mortero. Pelaremos los ajos y los trocearemos, añadiremos la sal y empezaremos majar. Cuando ya el ajo esté casi hecho puré, añadiremos el orégano, en abundancia un par de cucharadas grandes colmadas, más el pimentón, apretaremos bien con la mano (el mortero) hasta conseguir una especie de pasta algo seca. Enseguida añadiremos el vinagre (como saben suelo usar el de manzana o de sidra actualmente, pero obvio resulta decir que pueden optar por el de vino), como un vaso de agua más o menos. Removeremos bien y volcaremos sobre el pescado que ya está limpito en nuestra fiambrera. Comprobaremos si lo cubre más o menos bien y a continuación añadiremos agua, otro vaso más o menos. Le daremos un meneíto, taparemos y al frigorífico, unas horitas al menos, del mediodía a la noche, por ejemplo, y hasta un día entero si así lo deseamos. De esta forma daremos tiempo para que el pescado se impregne bien de todos los ricos sabores del adobo.
Cuando lo vayamos a cocinar, mediante el proceso de fritura, sólo tendremos que colar, sin enjuagar, y a continuación enharinar, y como siempre freir en abundante aceite bien caliente sin que llegue a humear.
En cuanto el pescadito adobado entre en contacto con el aceite, protegido, eso sí, por ese magnífico abrigo de harina que se humedecerá al entrar en contacto con los líquidos que permanecen en el pescado debido a su maceración, nuestra cocina adquirirá la presencia de ... por ejemplo la calle Tetuán sevillana, eso sí, con toda la familia alrededor preguntando que cuando está lista la preparación, impacientes, como pollitos esperando al maíz, milagro que se consigue con este escaso esfuerzo por nuestra parte, más o menos como siempre, más o menos como los milagros que dicen la ciencia realiza, cuando en realidad somos los humanos los que lo conseguimos a base de, también, inteligencia, esfuerzo y amor.
...Y es que digo yo que no hay que ser dios para conseguir realizar milagros, o que tal vez por eso mismo un hombre se llamó dios, para intentar convencernos al resto de que si él podía, todos podemos, pues todos somos iguales, o como según la cristiana creencia, todos hijos de dios... que más o menos resulta lo mismo, ¿no creen?
Disfruten del adobo, y acuérdense de nuestros antepasados cuando lo degusten, que recordarlos es homenajearnos a nosotros mismos, pues no somos más que los que ellos pretendieron ser en un futuro mejor.
Que les guste, un deseo personal.
¡Salud!.

viernes 6 de marzo de 2009

Potaje de garbanzos auténtico (o precioso)






Amigos, no hay Cuaresma que se precie sin un buen potaje de garbanzos... ni primavera, ni Feria, ni Otoño. En fin, el potaje de garbanzos lo podemos hacer cuando nos apetezca, pero su momento por excelencia es éste, la pre semana- santa.
No, no vayan a pensar que soy ultracatólica, practicante o como quieran llamarlo por haber citado al periodo de Cuaresma. Soy... pues normal, creo yo. Creo en lo que creo, en las cosas buenas y bonitas, pero sobre todo en la fuerza que tenemos dentro, o al menos en la que tengo yo. En dios imagino que porque me lo enseñaron mis monjas. Miren, ahí se las muestro, a tres de ellas, el día que me casé, por supuesto en a Iglesia de mi antiguo colegio.

Comprendo que actualmente esas tocas con las que cubrían sus cabezas pueden resultar exageradas, pero yo debo confesarles que mí me encantaban. Se me asemejaban con ellas a ángeles con sus alas desplegadas mis monjitas. Imagino que algo parecido fueron para mí. Nunca he renegado u ocultado mi condición de niña interna en hospicio, como todos saben ya, pero les hago el inciso ahora para contarles que a lo largo de la vida he tenido la oportunidad de encontrarme con antiguas compañeras que me decían por lo bajito, "No se te vaya a ocurrir comentar que estuve interna con las monjas", como avergonzándose de ello, y a mí, sinceramente, lo que me avergonzaba eran sus actitudes, tan poco agradecidas, tan miserables, tan deshonestas consigo mismas y con los demás. Pero nunca me he quedado callada, ¿eh?. Lo normal que les he respondido ha sido "¿cómo puedes ser tan desagradecida, si todo lo que eres se lo debes a ellas? Se ponían coloradas y hacían mutis por el foro.
Como decía el torero Pedro Guerra "El Guerrita", es que hay gente pa'tó.

Sigamos con nuestro potaje... mejor, pensándolo mucho mejor, voy aprovechar para comentarles una anécdota sobre la fotografía que les acabo de enseñar, porque aunque a mi hija le agradezco que me la haya enviado, me da cierto coraje que no se aprecie lo más llamativo de mi boda, esto es, que el vestido que llevaba (bonito, ¿verdad?, de tejido de organdí bordado) era corto, por debajo de las rodillas más o menos, y eso sí que era algo poco visto en la época.
Bien, aquí se lo muestro, mi hija ha tenido el detalle de pasarme una en que se aprecia lo que les he comentado.


Curioso, ¿verdad?, casi criada del todo en un colegio de monjas y con la falda corta para casarme. En honor a la verdad debo decirles que fue más idea de mi marido que mía, pero yo la acepté gustosa, porque me encantaba lucir mis altos tacones con las piernas tan bonitas que tenía. Es que él, para la época era más que moderno, ultramoderno. Por él, nos hubiéramos casado en vaqueros y camisa de flores él (era muy moderno pero a la última, ¿eh?). En resumidas cuentas, que todos esos remilgos de las ceremonias de boda y demás rituales no iban con él, corbatas, trajes etc, y así continuó toda su vida. Un poco contestatario, creo yo, para aquellos años. Con decirles que pasado el tiempo un cura se negó a bautizarnos a nuestro último hijo, el varón, porque conociéndolo del barrio, decía que no podía bautizar al hijo de un ateo, ya que mi marido se proclamaba así por donde quiera que fuese (nos fuimos con el niño en brazos y los padrinos a una parroquia cercana y allí el párroco se llevó la manos a la cabeza por la respuesta del anterior, que "menuda forma de hacer fieles", nos decía, y nos lo bautizó en el mismo momento, sin tonterías). Pienso que más que ateo, a mi marido, no el segundo sacerdote, lo que le pasaba es que no podía ver a nada que tuviera que ver con la Iglesia, y esto a su vez porque fue la abanderada espiritual del régimen franquista, y eso sí, mi marido era antifranquista hasta la médula. Como se podía en aquel tiempo si no habías sido formado en universidades o no tenías familia más o menos cercana a la política. Lástima que no pudiera seguir estudiando (su padre se quedó en el paro cuando él tenía quince años, como su hermano mayor iba para marino, no lo quitaron de estudiar, así que le tocó a él ponerse a trabajar desde tan joven. Después mi cuñado (q.e.p.d) ni terminó la carrera ni nada, pero en fin, esa es otra historia) porque tenía cerebro para diez cabezas, vaya. Recuerdo cuando ya de casados y con las tres hijas casi criaditas, daba clases particulares a estudiantes de bachillerato, por abundar en la economía doméstica aparte de con su sueldo. De matemáticas, de física, química o lo que fuese, menos de latín, eso sí, y todo ello sin haber podido llegar a acabar el suyo. Y también recuerdo cuando el golpe del 23 F en España, ya en democracia. Se había afiliado al sindicato CCOO , con el susto que nos entró en el cuerpo una de mis hijas le dijo, "Quémalo, papá, el carnet", y cómo él se negó en redondo. Menos mal que luego les salió mal a los golpistas, ¿no creen?.
Total, que más o menos creo que así pueden explicarse que yo me casara de corto.
Era tan suyo, mi marido, que viendo a la salida de la Iglesia que no aparecía el coche que alguien había encargado adornado con las flores (se retrasaría cinco o diez minutos, pero odiaba la impuntualidad), cogió y nos montó en un taxi, y así nos fuimos de allí. Y por supuesto, sin convite. No por tacañería, no, sino por todo lo contrario, o mejor dicho, por llevar la contraria, a las modas o rituales más o menos hipócritas establecidos. Así era él.
Yo, ya lo saben, mucho más conformista y acoplable, pero bueno, con nuestro altibajos como toda pareja que se precie, nos llevamos bien. Yo creo que porque estábamos enamorados, porque carácter teníamos los dos para diez. Todo hay que decirlo, si ustedes me lo permiten.
Ahora ya, podemos ir con nuestro potaje, que no se me había olvidado. Lo que sucede es que había previsto que la redacción de su preparación va ser muy cortita, porque de sencilla, imposible más, pero tiene tal msiterio, resulta tan mágico que con los poquitos ingredientes que lleva unos simples garbanzos se conviertan en una exquisitez culinaria, que vamos, digo yo, esto sí que es milagro de Domingo de Resurrección. Ya lo comprobarán caso de que no me crean, que pienso yo que sí, porque ya confían en mi persona.

Vayamos con los ingredientes:

-1/2 kilo de garbanzos de buena calidad, a ser posible los de tipo lechoso, andaluz.
- 1 buena cebolla entera
- una ramita de perjil
y
...El majadito sevillano que ya les indiqué en una entrada aparte titulada así, majado sevillano.
¿Comprueban cómo no les mentía cuando les comenté iba a resultar muy breve la redacción de esta receta? Porque claro está, yo confío en su interés y sé que se irán corriendo a picar en la entrada "Majado sevillano", y de esa forma yo me ahorro tener que desarrollarla aquí, que bien larguita me salió, ¿verdad?. Mírenla, ya verán qué delicia de guiso calentito y más que apetecible les sale.

Pongan, como siempre que se trata de este tipo de legumbres, los garbanzos a remojar unas doce horas antes del guiso. Si hace mucho frío o a sus grifos llega un agua muy dura, denles unas horitas más.
Una vez remojados, los escurrimos y enjuagamos y depositamos en la olla rápida (o en la de a presión. Ya saben, más tiempo). Cúbranlos de agua, tibia, lleven a ebullición sin tapar, espumen los garbanzos y entonces añadan la cebolla entera y la rama de perejil. Tapen y, si usan olla rápida, con veinte minutos cortos bastará. Si utilizan la de presión les daremos tres cuartos de hora al menos a nuestro garbanzos.
Una vez que los hayamos destapado y comprobado que ya están tiernos nos dispondremos a realizar el majadito sevillano que les comenté (lean aquí, denme unos minutos para poder poner el enlace).
Cuando ya lo tengamos todo sobre los garbanzos, pondremos de nuevo la olla en el fuego, ya sin cerrar con válvula. A fuego lento y con el compás de unos cuantos meneítos (ver entrada anterior a ésta) más cuidado y cariño, y comprobarán cómo se van mezclando el exquisito sabor y olor del majado con los garbanzos.
Además, resulta una buena forma de comer legumbres sin acompañarla de chacinas, con lo cual, estaremos ayudando a nuestro organismo a mantenerse bien alimentado y en forma.

Se sorprenderán. Sé que siempre o casi siempre les transmito lo mismo, pero es que creo que les resultará así. Una grata y agradable sorpresa, el hecho de que con tan pocos ingredientes obtengamos una preparación culinaria tan exquisita, por auténtica, nada hipócrita, pero eso sí, como con amor la hemos realizado, pudiendo darnos lo mejor de sí misma, que es lo mismo que decir que da lo mejor del cocinero o la cocinera.

Una idea:
Pueden mezclarlo con bacalao ya desalado y desmigado. Sólo tendrán que tener en cuenta la cantidad de sal en el majado sevillano para que no resulte demasiado sabroso. A mi marido le encantaba así. Como igual le encantaba la música clásica, del que era un verdadero enamorado, sobre todo si incluía instrumentos como el violonchelo y la guitarra. Por esta razón les he incluido al comienzo de esta entrada esa bonita pieza, y porque además me recuerda al compás de una sevillana... no obstante, nos fuimos de viaje de bodas a Madrid. En avión, claro está. El taxi lo dejamos aparcado aquí.
Que la disfruten.



martes 3 de marzo de 2009

Chícharos con almejas

Hoy vamos a cocinar bailando a la par unas sevillanas. ¿No lo han hecho nunca?, pues si resulta así, prueben a hacerlo porque les garantizo que es de lo más distraído y divertido del mundo, amén de los beneficios que conlleva el unir a un trabajo manual, inteligente y creativo como es el arte de cocinar a otro manual, inteligente y creativo como es el arte de bailar sevillanas, sin redundancias ni repeticiones, pero si con concomitancias y hasta connotaciones pues al hecho de que suerteamos nuestra comida, estaremos moviendo (con arte, eso sí) los pies y las piernas, y hasta las caderas si me apuran, con lo cual nuestro corazón trabajará en todos los sentidos y vertientes posibles. Como creo que queda demostrado no hay labor más neta y completamente humana que cocinar bailando unas sevillanas.
Y de camino intentaremos animar el percal porque con la subida que están experimentando el desempleo en, al menos, esta provincia, debe existir bastante pesadumbre en algunos ánimos. Pero debo hacer constar que este ánimo sólo se lo quiero insuflar a aquéllas personas que han sido despedidas por puro abuso del sistema o la patronal, no porque figure en la listas del paro por arte del birlibirloque, es decir, por trapicheos y tropelías que movidos por la actual economía de egoísmo económico permitimos que se hallen presentes sobre todo en , como éstos, tiempos de crisis. Porque, aunque probablemente deba pedir disculpas por mi sinceridad, también siento como un deber explicarme, no es lo mismo estar en el paro sin más ayuda que la consensuada por todos que se extrae del montante de las arcas del estado a las que contribuímos todos cuando estamos afiliados a la seguridad social, que estar en el paro cobrando además del subsidio, el sueldo que un par de días antes se venía cobrando en, exactamente, la misma empresa. Esta práctica, bastante extendida, creo que nunca mejor mencionarla como arte del birlibirloque, pues todos sabemos que "birlar" signfica coloquialmente hablando, "robar". Y eso es lo que hacen los susodichos trabajadores que o desean o consienten ese estado, y los correspondientes empresarios por facilitarlo y hasta proponerlo cuando pueden con el fin de ahorrarse los euros con los que, se les olvida, tal vez su propio padre puede estar cobrando la pensión de jubilación. Una, que aunque no ha experimentado nunca la situación de encontrarse en el paro sí lo ha vivido en otras carnes queridas, y en peores circunstancias que las actuales, pues o era la época de Franco, en la cual no existía el subsidio de desmpleo (¿cómo iba a existir?, si hasta los sindicatos sólo tenían la posibilidad de ser verticales, como los palos de las banderas) o andaba vivo el "decretazo" de pasadas legislaturas, no puede por menos que distinguir, de tal forma que mi intento de animar a los que lo lleven mal en estas cuestiones va sólo dirigido a los que aún teniendo una visión ética de la convivencia entre humanos, les cae la injusticia de tener que luchar por poder sobrevivir más dignamente, y no para aquéllos que, con inconmensurable falta de la misma, sólo aspiran a poseer más que lo que su trabajo y las circunstancias permiten (vaya igual tanto por empresarios, que no suelen quedar en el paro sin casi nada con qué comer, como por esos trabajadores, si es que merecen llamarse así) . De alguna forma todos contribuímos a la pervivencia de un sistema que genera tantas injusticias, pues abstenerse de hablar, es consentir.
Así que, con el permiso de ustedes, y por ello mismo, hablo.
A la vez que bailo, eso sí.

Vayamos ya con los ingredientes de nuestra receta, y de camino les explico por qué vamos a bailar sevillanas a la vez que las guisamos, a nuestras judías (blancas), vulgo alubias, es decir, las semillitas que se encuentran en las vainas verdes de aquellas verduras, legumbres, que conocemos como habichuelas o judías verdes, que todo hay que explicarlo, la verdad, no porque ustedes me lo exijan, antes me crucificaría que señalar algo así, sino porque una se pone en la piel de cuántos nombran y nombramos de forma tan distinta al mismo alimento, que sí, porta consigo su nombre mil variedades dependiendo de su tamaño, forma, y hasta teniendo en cuenta el modo en que vaya a ser consumida (con la vaina verde, semillla muy tierna aún y casi imperceptible, o en grano, semilla ya hecha y, por lo tanto, vaina inservible al menos para nosotros los humanos) pero que en resumidas cuentas no es más que la semilla, o sea, futuro de planta nueva, de vida nueva, de una verdura comestible.
Pues bien, la explicación no es más que la letra de una sevillana muy antigua que termina diciendo ...[...]" ole con ole (sin acento, muy importante para el ritmo su ausencia en esta ocasión), chícharos con almejas, y arroz con coles"
Así que sólo por ello a la vez que cocinamos, llevaremos el ritmo de las sevillanas dentro, muy dentro, hasta que nos salga por los pies en forma de suspiro asolapado.

La primera:

- 1/2 kilo de judías blancas, alubias o chícharos. La variedad elegida será decisión de cada uno. Recomiendo que sean de temporada, claro está, porque sino costará bastante enternecerlas.
Cogeremos nuestros chícharos y los echaremos en remojo en un cuenco grande durante unas 12 horas.

La segunda:

-1/2 kilo de almejas.

Sobre su variedad digo lo mismo de antes. Según bolsillo o gusto. Pero por sugerirles que no quede. Nos podemos apañar con unas bonitas chirlas que hoy por hoy aparecen con un muy buen tamaño en los mercados, y que por gustosas son más adecuadas que unas de 60 euros el kilo, mejor dicho, las 12 de ración que pueden servirnos en un casi cualquier restaurante que se precie (de precios, así es)
Las pondremos a cocer con poco de agua minutos previos a disponernos a cocinar las judías. Con aproximadamente tres cuartos de litro bastará y tan sólo para que se les rompan las aberturas de las valvas. Sólo pretendemos que se entreabran y el agua coja el gusto de las almejas pues ésta la usaremos, añadida, para cocer las judías. De paso comprobaremos si sueltan alguna arena, y si fuera así, estaríamos evitando que se nos arruine el guiso completo caso de echarlas directamente al final del mismo.

La tercera:

Una vez nuestras judías remojadas las dispondremos con agua nueva más el caldito de las almejas que previamente habremos colado en nuestra olla rápida o a presión (sé que los expertos son muy delicados con la cocción de la legumbre, pero sinceramente, a mí nunca se me destrozan usando ollas que aceleran los procesos. Debe ser cuestión de tacto, digo yo).
A continuación y sobre el fuego vivo dispuesta nuestra olla esperaremos unos minutitos a que comience a hervir para poder apartar la espuma que toda legumbre que se precie debe soltar. Con este acto aliviaremos el guiso de flatulencias excesivas o innecesarias. Mejor dicho, al guiso no, si no a los posteriores comensales.
Una vez bien espumadas les añadiremos una cebolla cortadita, unos cuantos ajos rajados, una hojita de laurel, varias hebritas de azafrán, pimienta en grano y un buen chorrito de aceite de oliva. Sin sal aún, pues es la presencia de ésta la que conlleva que algunas legumbres se nos destrocen durante su cocimiento. Es cuestión vital dejar su añadido para el final.

Una vez todo añadido taparemos con válvula. Si olla rápida, quince minutos bastarán ( y hasta doce si la variedad de judías es especialmente fina). Entonces deben aparecer tiernas y en su punto de cochura. A continuación añadiremos la sal y las dejaremos a fuego muy bajito unos minutos para que la tomen, ayudándolas con ligeros movimientos circulares (meneítos) cogiendo con nuestras manos la olla en cuestión por las dos asas.
Si hemos usado la olla a presión tradicional deberemos probarlas, comprobar en qué grado de cocción se hallan, soplarles ligeramente para ver si se les levanta la piel, morderlas y todo aquello que se nos ocurra. Según mis cálculos deben quedarles unos veinte minutos más. Entonces ya sí añadiremos la sal, corrigiendo a la vez de caldo si vemos que les pueda faltar sumándole un poco de más agua. Cerraremos y destaparemos a los 20 minutos aproximadamente teniendo ya la precaución de nunca poner el fuego alto.

La cuarta:

Ya tenemos nuestras judías tiernas cocinadas con los ingredientes que hemos querido más el caldito de cocción de las almejas. Ahora llega lo más bonito, aunque impensable sin los pasos previos. Añadiremos nuestras chirlas, o cualquier otra variedad de almejas, que sean cuales sean sólo deben estar ligeramente entreabiertas. Terminarán su proceso acompañando al completo guiso de judías que ya hemos preparado, tomarán su sal, su sabor y éstas quedarán adornadas con unas cuantas conchas marinas que alegrarán nuestra vista, y también nos entretendrán a la hora de comer.
Resulta muy bonito cocinar combinando productos de la tierra y el mar, ¿no creen ustedes?. Podemos hacernos la idea que estamos construyendo un mar entre tierras, no una isla en el mar, que es distinto, pues el mar entre tierras sirve para unir y aliviar las sequedades terrestres, mientras que la isla en el mar es, como su propio nombre indica, algo aislado, y no somos los humanos islas en el mar, ¿verdad que no?. Báilense estas cuatro sevillanas, y ya verán como comprueban que la concha en las que algunos se encierran queda abierta nada más percibir el son de tan singular compás.
( Y habremos ejercitado el músculo del corazón a la vez, así es. Ccompruebo yo que ya saben más de mis intenciones que yo misma).
Que les guste. Es lo que deseo desde el mismo mío que va aquí.
 
Creative Commons License
La cocina de Loli by SSG is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial 3.0 España License.